“La relación entre paciente y terapeuta lo es todo, el feedback que nos transmite es crucial”

Carlos García Gomariz, psicólogo del Comité Antisida de Valencia

El Comité Antisida de Valencia desarrolla desde 2017 un programa de intervención en salud sexual dirigido a hombres que tienen sexo con otros hombres y personas trans usuarias de chemsex, con presencia tanto en entornos sanitarios como en aplicaciones de contacto. Solo en 2025, el programa realizó 2.856 intervenciones online, llevó a cabo 1.457 pruebas de detección precoz y atendió psicológicamente a 232 personas, además de realizar 264 derivaciones a otros recursos.

¿Cuál es tu ámbito de trabajo y tu rol dentro de la organización?

Soy psicólogo y responsable del programa de atención psicológica a personas con VIH en hospitales. Lo que hago, básicamente, es desplazarme cada día a una de las unidades de enfermedades infecciosas de los hospitales de Valencia y allí hago atención psicológica.

Trabajamos principalmente con personas recién diagnosticadas, acompañando en todo el proceso de afrontamiento del impacto que supone el diagnóstico, que muchas veces es un evento traumático. Y, además, atendemos a personas que pueden tener algún tipo de afectación en su salud mental, donde el VIH puede estar en el origen o contribuir a agravar determinados síntomas.

Y también estoy en el CIPS —que sería un poco el centro de referencia en la provincia—, donde voy una vez a la semana y hago asesoramiento antes de la prueba o atiendo a personas que han recibido un resultado positivo de manera prácticamente inmediata.

¿Cuándo comenzasteis a abordar el chemsex?

En 2018, fue en ese momento cuando empezamos a detectar aquí en Valencia que estaban llegando personas con cuadros de adicción bastante severos, vinculados a este tipo de consumo en contextos sexualizados. Es verdad que ya llevábamos tiempo escuchando hablar del fenómeno —desde 2014 o 2015—, pero aquí todavía no lo percibíamos como algo tan presente, era más residual. Y a partir de 2018 empieza a hacerse más visible, más palpable, y es cuando decidimos poner en marcha un programa específico.

Ahí empezamos también a trabajar en aplicaciones de contactos, creando perfiles para poder ofrecer información, sobre todo en torno a ITS y también sobre la posibilidad de recibir atención psicológica si la persona consideraba que tenía una práctica problemática o simplemente quería consultar información.

En ese momento inicial, ¿qué nivel de conocimiento teníais de la práctica?

Bueno, no era algo completamente nuevo. Yo había tenido la suerte de participar en alguna formación previa. Entonces, más que desconocimiento, era una cuestión de tiempo. Sabíamos que era un fenómeno que estaba ya presente en ciudades como Madrid o Barcelona y que, antes o después, iba a llegar con más fuerza a otros territorios.

¿Cuáles fueron los principales retos en esos inicios?

Uno de los principales retos fue cómo acceder a las personas usuarias. Porque muchas veces estaban en una situación de bastante ambivalencia, no eran todavía conscientes de que existía una problemática, estaban experimentando con sustancias nuevas o relativamente nuevas. Y ahí para nosotros el reto era cómo llegar, pero sin transmitir mensajes alarmistas, ni paternalistas, ni disuasorios. Encontrar ese equilibrio fue clave.

Otro reto importante fue la coordinación con recursos de adicciones. Al principio no lográbamos que estas personas llegaran a esos recursos, en parte porque ellas mismas mostraban resistencia, pero también porque esos dispositivos no estaban viendo todavía este tipo de perfiles. Recuerdo reuniones antes de la pandemia en las que nos decían que no estaban detectando estos casos y que no parecía que fuera algo relevante, y ahora la situación es completamente distinta.

Y también hubo un trabajo importante de sensibilización con recursos de salud sexual, para que pudieran identificar el fenómeno y responder adecuadamente.

Mirando hacia el presente, ¿cómo valoras la evolución?

Sin duda, el principal avance ha sido la puesta en marcha de una respuesta coordinada en la Comunitat Valenciana, que empezó a diseñarse a finales de 2024 y se ha ido implementando en 2025. Ahí hemos participado distintos agentes: entidades comunitarias, unidades hospitalarias, recursos de adicciones, profesionales especializados y la administración. Y esto ha permitido empezar a construir una atención más estructurada, más protocolizada. Por ejemplo, poder definir qué hacer cuando una persona llega a urgencias, cómo derivarla, cómo coordinar los distintos recursos… eso era algo muy necesario.

Como dificultad, seguimos teniendo el tema de los datos. No contamos con estudios de prevalencia claros y eso dificulta mucho dimensionar el fenómeno y también que se incorpore con más peso en estrategias institucionales.

¿Por qué es tan complicado dimensionar el chemsex?

Porque, aunque pueda parecer sencillo, en realidad es bastante complejo. Las personas acceden a los recursos por muchas vías distintas: urgencias, unidades de ITS, PrEP, atención psicológica… Y cada uno de esos espacios tiene su propio sistema de recogida de datos, no hay un sistema unificado. Además, el propio fenómeno no tiene una definición única ni está recogido como tal en sistemas diagnósticos, lo que dificulta aún más el registro.

Y luego hay una cuestión clave: hacer preguntas sobre sexualidad y consumo de sustancias no siempre es fácil en todos los contextos, requiere habilidad y también cierta formación.

¿Qué ha supuesto para vosotros la Red Estatal de Chemsex?

Para nosotros ha sido muy positiva, ha superado bastante nuestras expectativas. Nos ha permitido conocer en profundidad cómo trabajan otros recursos y, sobre todo, aprender cosas muy concretas. Por ejemplo, cómo hacer determinadas preguntas en consulta, cómo detectar situaciones en contextos como cuando alguien va iniciar el tratamiento de la PrEP, por ejemplo.

También ha sido muy interesante ver cómo profesionales sanitarios participan en espacios comunitarios, como grupos de ayuda mutua, porque ahí pueden ver a la persona más allá de lo biomédico. Y al revés también. Nosotros hemos podido incorporar más esa mirada sanitaria. Ha sido un intercambio muy bueno.

¿Ya habéis podido incorporar esos aprendizajes en vuestro trabajo del día a día?

Sí, aunque todavía es pronto. Pero sí que se van incorporando cosas. Por ejemplo, entender mejor que ciertos recursos —como los centros de infecciones de transmisión sexual— pueden ser la puerta de entrada al sistema sanitario para muchas personas, especialmente para personas migrantes en situación irregular.

Y también se están generando dinámicas de colaboración más cercanas. De hecho, ya estamos viendo cómo profesionales de otros recursos participan en nuestros espacios, como los grupos de ayuda mutua.

¿Cómo valoras la respuesta institucional actualmente?

Se han hecho avances, eso es indudable. La respuesta coordinada donde se integran varios recursos es un primer ejemplo de ello. Pero sigue siendo insuficiente. El fenómeno está creciendo y todavía vamos por detrás en la respuesta. Por ejemplo, el chemsex no está recogido de forma clara en el plan estratégico de salud mental y adicciones de la Comunitat Valenciana, y eso limita mucho.

Estamos en las aplicaciones, estamos en la parte más comunitaria, y estamos palpando que esto es una punta de iceberg, todavía hay una bolsa de personas que tienen este problema y que no se les está dando atención.

Aun así, sí que vemos señales positivas, como el aumento de la demanda de formación por parte de profesionales sanitarios, lo que indica que están empezando a detectar estos casos y que todavía les falta esa formación para dar una atención más personalizada y de una mayor calidad.

¿Qué importancia tiene el feedback de las personas usuarias?

Es fundamental. No sabría decirte un porcentaje exacto, pero diría que es más del 50%. Para nosotros, como psicólogos, la relación entre paciente y terapeuta lo es todo, el feedback que nos transmite es crucial. En este caso el feedback que nos dan es esencial para ajustar la intervención.

Además, nos están alertando de cosas muy importantes, como el impacto de determinadas sustancias —por ejemplo, el alfa-PVP— que está generando dependencias muy rápidas y graves. Y muchas veces han empezado a consumir sin tener información suficiente. Eso nos hace ver que en la parte preventiva hemos llegado tarde.

¿Habéis detectado cambios en los perfiles?

Sí, antes veíamos perfiles más estructurados, con trabajos estables y consumos más ocasionales. Ahora estamos viendo consumos mucho más frecuentes, incluso diarios, y también un aumento de prácticas como el slam (las sustancias se administran por vía intravenosa). Aproximadamente un tercio de las personas que atendemos ya utilizan esta vía.

También estamos viendo más personas migrantes que se introducen en este contexto como forma de socialización, muchas veces sin una trayectoria previa de consumo.

¿Qué perfiles profesionales consideras necesarios en el abordaje del chemsex?

Por un lado, la figura del sexólogo o sexóloga es fundamental. Muchas veces nos centramos en la sustancia o en la adicción, pero hay toda una dimensión relacionada con la sexualidad que necesita ser trabajada.

Y por otro lado, perfiles del ámbito social: trabajo social, educación social… porque cada vez vemos más situaciones de desestructuración que requieren una intervención integral.

Para terminar, ¿cómo crees que puede evolucionar la práctica del chemsex?

Es complicado preverlo, hay varias hipótesis. Por un lado, el estigma —incluso dentro de la propia comunidad— puede hacer que el fenómeno se vuelva más clandestino, con los riesgos que eso implica. Por otro, es probable que veamos más casos con deterioro físico y cognitivo importante, que van a requerir intervenciones más complejas. Y también estamos empezando a ver perfiles más jóvenes, perfiles incluso de menos de 25 años que ya están consumiendo.

Artículos relacionados