En el marco del Día Mundial de la Salud, que este año se celebra bajo el lema “Juntos por la salud. Apoyemos la ciencia”, Cesida se suma al llamamiento para reforzar el papel de la evidencia científica, la cooperación y los sistemas públicos de salud como pilares fundamentales para proteger la salud global.
La campaña impulsada por la Organización Mundial de la Salud pone el foco en la necesidad de convertir el conocimiento científico en acción, a través de la colaboración entre países. Un enfoque especialmente relevante en el caso del VIH, una epidemia que, pese a los avances logrados, sigue representando un desafío sanitario de primer orden a nivel mundial.
Una realidad que persiste 45 años después
El VIH continúa siendo un problema de salud pública global 45 años después del inicio de la epidemia. En 2024, 40,8 millones de personas vivían con el VIH en el mundo, con 1,3 millones de nuevas infecciones y 630.000 muertes relacionadas con el sida.
Aunque los avances científicos han permitido reducir las infecciones y mejorar el acceso al tratamiento, estos progresos son insuficientes y desiguales. De haberse implementado de forma efectiva y universal todas las herramientas de prevención disponibles —como la educación sexual, el acceso a preservativos, la profilaxis preexposición (PrEP) o el diagnóstico precoz—, el número de nuevas infecciones sería hoy significativamente menor. Desde Cesida se insiste en que el conocimiento existe, pero su aplicación no está llegando a todas las personas por igual.
La importancia de los determinantes sociales
El abordaje del VIH no puede plantearse únicamente desde una perspectiva biomédica. Los denominados determinantes sociales de la salud —las condiciones en las que las personas nacen, crecen, viven y trabajan— influyen de manera decisiva en el riesgo de adquirir el VIH y en el acceso al diagnóstico y tratamiento. Factores como el nivel educativo, los ingresos, la vivienda, el acceso a servicios sanitarios o la situación administrativa generan desigualdades en salud. A estos se suman otros condicionantes como el género, la orientación sexual o la identidad de género.
Así, las mujeres y las niñas siguen estando especialmente expuestas en determinadas regiones, mientras que las personas LGTBI o quienes consumen drogas enfrentan mayores barreras debido al estigma, la discriminación o incluso la criminalización. En el caso de las personas migrantes, estas desigualdades se agravan. No solo por las dificultades de acceso al sistema sanitario, sino por factores como las barreras lingüísticas, la precariedad o la falta de redes de apoyo. El país de nacimiento y el contexto socioeconómico condicionan de forma directa el riesgo de adquirir el VIH.
Jesús Cisneros, migrante venezolano con VIH y miembro de la ejecutiva de Cesida, recuerda que “las desigualdades no son una teoría, son barreras reales” que dificultan el acceso a la salud. Factores como la vivienda y la precariedad laboral, “influyen directamente en el acceso a la atención sanitaria y en la adherencia al tratamiento”, señala.
Recortes en la respuesta al VIH: un retroceso con consecuencias inmediatas
Cesida alerta también del impacto de los recortes en la financiación internacional de la respuesta al VIH. Según ONUSIDA, en base a estimaciones de la OCDE, la financiación externa se ha reducido entre un 30% y un 40% en 2025 en comparación con 2023, lo que ya está provocando interrupciones en programas de prevención, diagnóstico y atención. Y el impacto es inmediato: desabastecimiento de pruebas y tratamientos, reducción de programas comunitarios y pérdida de acceso a servicios esenciales, especialmente en países con menos recursos.
Estos recortes no solo comprometen los avances logrados, sino que pueden traducirse a corto plazo en un aumento de las muertes y, a medio plazo, en un repunte de nuevas infecciones. ONUSIDA advierte de que, sin una recuperación de las iniciativas de prevención, podrían producirse millones de nuevas infecciones en los próximos años.
La salud global como único camino
Ante este escenario, Cesida subraya que el abordaje del VIH exige una perspectiva de salud global. Este enfoque parte de la idea de que la salud es un derecho humano fundamental y de que los problemas sanitarios, como el VIH, no pueden entenderse ni resolverse desde una única escala —ni local ni nacional—, sino a través de la cooperación internacional, el multilateralismo y la acción coordinada entre países.
En este contexto, la cooperación internacional y la financiación sostenida resultan fundamentales. Los recortes en la respuesta al VIH evidencian que los avances logrados son frágiles y que la falta de inversión en un país puede tener consecuencias a nivel global. La interrupción de programas de prevención o tratamiento en regiones especialmente afectadas no solo incrementa las infecciones y las muertes en esos territorios, sino que compromete el control de la epidemia a escala mundial.
Un llamamiento a la acción
En el Día Mundial de la Salud, Cesida reclama una mayor inversión en prevención y atención del VIH, garantizar el acceso universal y equitativo a los servicios sanitarios, combatir el estigma y la discriminación, incorporar los determinantes sociales de la salud en todas las políticas públicas y apostar por la ciencia como base de la toma de decisiones. Porque sin abordar las desigualdades que condicionan la salud, no será posible plantear una respuesta eficaz y sostenible al VIH.
